Antonio Pulido Pastor (febrero de 2026)
Asociación Forestal Andaluza
«La Ciencia real avanza a través del cuestionamiento y acumulación de nuevos hechos observados» (MÖRNER, 2018).
Introducción
Todo el mundo tiene muy claro que el tiempo es la previsión a corto plazo (un día, una semana) con objeto de establecer cualquier planificación y que el clima, es la costumbre, lo habitual en la meteorología para una época determinada del año.
«La mayoría de la gente tiene una intuitiva comprensión de la meteorología como referente al estado de la atmósfera en un momento dado y lugar y sobre el clima como un tipo de promedio meteorológico. Una popular expresión de esta dicotomía es “el clima es lo que tú esperas, el tiempo, lo que tú tienes”» (LOVEJOY, 2013).
En definitiva, la noción clima es una cuestión estadística, un promedio, generalmente en series meteorológicas temporales a 30 años para un determinado lugar. Es una cuestión más bien geográfica o geológica que tiene un calado mucho más profundo.
«El término “clima” está basado en la palabra griega “klima”. Fue acuñada por el astrónomo griego Hiparco de Nicea (190-120 a.C) quién dividió los diez mundos habitados conocidos en cinco zonas latitudinales (dos polares, dos templadas y una tropical) de acuerdo con la inclinación de los rayos solares incidentes, en otras palabras, la elevación del Sol sobre el horizonte» (KRAMM & DLUGI, 2018). Eso a día de hoy, es lo que viene a llamarse, intensidad de la radiación solar sobre la Tierra.
Cada clima se caracteriza por una distribución a lo largo del año de la precipitación y calor mensual promedio que le es particular. (ombrotermia)


Por tanto, un cambio de clima o cambio climático, implica una modificación de esa distribución anual de precipitación y temperatura. El lenguaje crea pensamiento, sin embargo, apenas nadie echa mano del lenguaje como descriptor estadístico. Es por esto que en el discurso actual, el discurso que se usa es erróneo (entiéndase que intencionadamente) para conducir el pensamiento hacia una dirección deseada.
Un cambio climático es el paso de un clima Mediterráneo a uno de tipo Atlántico. O del Atlántico al Continental, Macaronésico, Tropical,…
Sin embargo, de lo que se habla actualmente, es de cambios en el clima. En el caso español, principalmente en el clima de tipo Mediterráneo. Alteraciones en la magnitud de los parámetros que configuran el clima, se confunden con un cambio de clima en lugar de una simple modificación de sus valores promedio.
Para el caso del Mediterráneo, la característica principal, es la ausencia de precipitación o humedad ambiental durante el período de mayor disponibilidad de energía (mayor temperatura). Que sus registros suban o bajen cierto porcentaje en torno al valor promedio, no implica nada. Ya sea en temperatura, como en precipitación. Este año 2026, con registros muy bajos en temperatura y muy altos en precipitación, no deja de tener la configuración y comportamiento propio del clima habitual.
En la Península Ibérica, se tienen establecidos dos tipos de clima, Atlántico y Mediterráneo. El primero afecta aproximadamente al 20 por 100 del territorio y el resto disfruta de un clima de tipo Mediterráneo.
Ciencias de la Naturaleza: Geología vs. Biología
En estas cuestiones sobre clima y cambio climático resulta muy curioso comprobar cómo dentro de las Ciencias de la Naturaleza hay dos tendencias, la Geología y Ciencias de la Tierra se basa en la Historia del Planeta a partir de sus registros fósiles, y siguiendo el Principio del Actualismo, concluyen que no hay nada nuevo bajo el Sol, siendo los procesos actuales de perfil y calado similar al de otros tiempos pasados.
La fenomenología climática es cíclica y depende principalmente de la relación entre la radiación solar y la Tierra (MILANKOVICH, 1925).
Sin embargo, la facción más orgánica, más centrada en la Ecología (Ciencias Ambientales, Ingenierías Forestales) han optado por seguir el discurso que propugna la carbonofobia. Resulta curioso que quienes han centrado su vida profesional en torno a la Química Orgánica, la fotosíntesis y la fisiología de la vida, conteniendo en sus planes de estudios Meteorología, Climatología, Ecología y Geobotánica, confundan cuestiones básicas que aprecian las no ilustradas personas del mundo rural.
Los seres vivos o biodiversidad, tienen dependencia energética. Unos la consiguen de forma directa sintetizándola a partir de la radiación solar y el CO2 atmosférico. Por este autoabastecimiento, se les llama autotrofos (se alimentan a sí mismos). Son aquellos que gracias al proceso de la fotosíntesis consiguen materia orgánica con la que mantener su fisiología.
Los no fotosintetizantes requieren de materia orgánica elaborada por los anteriores, y se les llama heterotrofos. Aquellos también se conocen como productores y estos como consumidores o depredadores.
La distribución de la energía solar sobre el Planeta es irregular debido a la geometría esferoide del mismo, la inclinación de su eje vertical y la configuración tridimensional de la superficie. A esta distribución, los antiguos griegos dieron el nombre de klima.
Esta distribución es por tanto en latitud como en altitud. La configuración de la vida en relación con el clima y latitud recibe el nombre de BIOMA. En el caso de la altitud se le denomina PISO BIOCLIMÁTICO.
En definitiva son adaptaciones de los seres vivos a la disponibilidad energética de cada banda de latitud o altitud. Por regla general se asume que la variación de temperatura de 100 metros en altitud equivale a la de 100 km en latitud, aproximadamente 0.6º C en el adiabático húmedo y 1ºC en el adiabático seco (REMENIERAS, 1974).
Decía en uno de sus numerosos libros Joaquín Araújo que las aves son buenas bioindicadoras de la calidad ambiental de un lugar, dado que su capacidad de vuelo les permite marcharse fácilmente cuando las condiciones no son adecuadas.
En ese sentido, la vegetación también lo es. Por su inmovilidad, la presencia en un lugar denota estabilidad en sus condiciones ambientales. De no ser así, las plantas abandonan, pero de la única manera que les resulta fácil hacerlo de modo rápido, muriendo.
La vegetación de un lugar responde a los patrones climáticos del mismo, siendo un bioindicador muy fiable. De ahí el concepto de vegetación climácica o clímax, la más evolucionada que puede esperarse teniendo en consideración las características climáticas. Se trata de una correspondencia entre la disponibilidad energética de un lugar y su reserva hídrica a lo largo del año.
Dada esta afinidad energética, un cambio de clima implica un cambio en el patrón de su vegetación potencial. Las modernas técnicas de palinología han permitido establecer mapas de cómo era la vegetación en el pasado y su modificación en el tiempo a causa del cambio climático. De este modo, junto a los indicadores intermediarios (proxies) de tipo geológico la vegetación puede considerarse como uno de tipo biológico sobre el clima.

Migraciones y refugios climáticos fueron el resultado, la creación de zonas endémicas regiones de procedencia también. El caso del haya (COSTA TENORIO et al., 1990) y el pinsapo (ALBA-SÁNCHEZ et al., 2018) se pueden tomar como referentes. Así pues, si no hay cambio de vegetación, no hay cambio sensible de circunstancias climáticas.
«La mayoría de los episodios conocidos de extinción estuvieron asociados con el cambio climático, implicando tanto enfriamiento como calentamiento global. Muchos estudios han resaltado el efecto del cambio climático sobre los taxones de la actualidad y registros fósiles…. Parecería claro que períodos de marcada sequía y repentinos cambios en la temperatura están entre las principales causas de extinción llevando en el Cuaternario a una serie de extinciones seriales….
También importante en la supervivencia de una especie es su capacidad para moverse en respuesta al cambio…
Los datos actualmente disponibles sugieren que las tasas de migración a finales de la última glaciación fueron mucho más pequeñas de lo que se creía, incrementando la importancia de los refugios en las recolonizaciones emprendidas por muchas especies. Finalmente, la capacidad de un ecosistema para mantener su estructura y función frente a perturbaciones necesita ser tenida en cuenta. La resistencia al cambio y la resiliencia son factores muy significativos en los ecosistemas mediterráneos, sujetos a multitud de perturbaciones, muchas de ellas recurrentes» (POSTIGO-MIJARRA et al., 2010).
Para el Pleistoceno final (125 000 -11 500 años) «Las áreas del Levante y Sur-Sureste muestran una particularmente alta diversidad de paisajes durante el Pleistoceno final, incluyendo pastizales de montaña y estepas de tierras bajas, sabanas de coníferas y bosques en altitudes medias, y poblaciones refugio de árboles y arbustos en plataformas costeras y valles intramontanos durante los estadios más fríos.
Los géneros más frecuentes de árboles incluyeron Pinus, Quercus, Juniperus, Abies, Corylus, Betula, Alnus, Ulmus, Salix, Castanea, Fraxinus, Juglans, Acer, Sorbus, Taxus, Olea, Pistacia, Phyllirea, Arbutus y Myrtus. Los registros paleobotánicos más significativos están en las proximidades de las secuencias de Padul y Carihuela, en Granada»(GONZÁLEZ-SAMPÉRIZ et al., 2010)
«Para los últimos veinte mil años, pueden ya establecerse correlaciones relativamente sólidas con las formaciones vegetales actuales, al tratarse de un período breve a escala de evolución biológica y en el que la zonación bioclimática de la península Ibérica era coincidente, en líneas generales, con la que se reconoce en la actualidad» (COSTA TENORIO et al., 1990).
«Los bosques de Quercus empiezan a cobrar importancia en la Bética desde hace trece mil años, coincidiendo durante los primeros años con una presencia significativa de Juniperus y Pistacia, junto con algunos abedules. Desde hace diez mil años, los encinares y quejigares parecen ser los bosques dominantes en el paisaje, aunque se mantiene una significativa presencia de polen no arbóreo….En los últimos ocho mil años destaca la importancia que alcanza Quercus suber, relacionable con un aumento de la humedad y la presencia constante de Olea» (COSTA TENORIO et al., 1990).

Actualmente, pese a la sequías persistentes no se aprecia cambio de tendencia en la distribución característica de las distintas formaciones vegetales que pueblan la Península Ibérica. Resulta muy curioso que, una especie relicta y tan supuestamente dependiente de la humedad y altitud como el pinsapo (Abies pinsapo Boiss.), sorprenda en su buena adaptación a lugares lejanos de su entorno natural (PULIDO PASTOR, 2025).

El Inventario Forestal Nacional (IFN), en su 8ª Revisión, mantiene el incremento de superficie arbolada que se venía detectando desde finales de los años 70, algo muy vinculado al cambio de uso en las tierras de cultivo por abandono agrícola.
El incremento de temperatura experimentado en el último siglo (aprox 1 ºC) no es significativo para provocar un cambio de patrón en la distribución vegetal. Téngase en cuenta que la vegetación mediterránea está adaptada a oscilaciones térmicas anuales que van de 30 a 50 grados de la escala Celsius y de unos 20 ºC a lo largo de un día en gran parte de las estaciones del año.
Se ha detectado que en los montes del suroeste peninsular el roble andaluz (Quercus canariensis Willd.) está recuperando territorio frente al alcornoque (Quercus suber L.), especie más resistente al calor y a la sequía que aquel. La razón no es climática obviamente sino la relajación en la presión antrópica que durante décadas ha favorecido al corcho frente a la madera.
También los carbones (antracología) que pueden encontrarse desde que el ser humano empezó a utilizar el fuego de forma extendida ofrecen datos sobre paleovegetación. El caso de la Cueva de Nerja (Nerja, Málaga) es además de cercano, bien conocido.
«La flora prehistórica de Nerja comprende un conjunto reducido de plantas leñosas en los niveles inferiores que va incrementando en biodiversidad cuando se acerca el Holoceno. Sus datos pueden indicar unas condiciones claramente mediterráneas a lo largo de toda la secuencia, por tanto con una estación seca en verano.
La evolución diacrónica del análisis del carbón de la sala del Vestíbulo (NV) viene marcada por los cambios porcentuales de las especies más significativas ecológicamente, así como por la presencia y/o ausencia de los árboles o arbustos que se pueden considerar como claros bioindicadores climáticos».
«Los restos carbonizados de pino son los más abundantes. Dos especies están presentes: Pinus nigra y Pinus pinea. Los carbones del primero son más abundantes que los del segundo, lo que no garantiza que fuera más abundante, ya que del pino piñonero se recolectan sus piñas para consumir los piñones. Por este motivo, es probable que fuera protegido y no se seleccionara como leña para el fuego nada más que lo estrictamente necesario.
Las otras plantas documentadas son las fabáceas leñosas y varios géneros de arbustos y matas como enebros, jaras, etc. Estos niveles corresponden a los últimos milenios del OIS 3 un carbón de Pinus cf.pinea se dató en 24200 ±200 BP.
Los niveles solutrenses muestran la misma composición floral pero con tendencia a disminuir los restos de pino salgareño y a progresar los matorrales de fabáceas y otros arbustos y matas. Los pinos piñoneros tienen una proporción constante entre el 10 y el 20 % de los restos.

La presencia puntual de Pinus halepensis (Pino carrasco) en dos niveles (NV9 y NV8’), de Quercus sp. caducifolios en NV8’ y tal vez Olea puede estar relacionada con procesos postdeposicionales (enterramientos practicados desde niveles superiores) y con el hecho de que los cortes quedaron abiertos durante décadas. Se aprecia una progresiva disminución del pino salgareño que puede indicar su huida hacia cotas más elevadas, fuera del radio de recogida de leña de la población tardiglacial.
El pino carrasco y los Quercus están presentes en los niveles magdalenienses, lo que puede ser el eco de la mejoría climática. Y dentro del grupo de arbustos y matas está el lentisco, el madroño, el romero, el boj, el torvisco, etc. Las fabáceas siguen con una importancia relevante en todas las muestras. Junto a esto, resaltar la progresión del acebuche que en la última muestra alcanza más del 20 % de los restos carbonizados.
Continúa el declive del pino salgareño y parece que el pino piñonero se quema con menos frecuencia que en las fases anteriores» (AURA et al., 2010)
Actualmente, el pino salgareño aún se mantiene de forma natural en aquella montaña, aunque de forma muy precaria y en las zonas más elevadas de aquella sierra (PULIDO PASTOR & LÓPEZ GARCÍA, 1999).
La tradición oral
Los proverbios o refranes son relatores tradicionales del transcurso humano a través del tiempo con fiabilidad basada en el promedio de observaciones durante miles de años. Que la transmisión de algunos hábitos o procesos culturales se prolonga durante siglos o milenios lo deja muy claro la Egiptología.
Valga como ejemplo la barca de Horus, hallada en algunos templos egipcios (Edfu) y que se considera el ancestro de las procesiones rituales del ámbito Mediterráneo, a la que se le atribuyen varios milenios (PARRA, 2011).

El clima, como descriptor estadístico no está exento de ello. Ya la Biblia (Génesis, 41) hace alusión a los sueños del faraón durante la estancia en Egipto de José, como consejero del mismo. En uno de ellos se hace alusión a siete años de prosperidad seguidos de siete años de terrible sequía y hambre.
Aunque el siete es un número de fuerte simbología espiritual, resulta curioso que se aproxima bastante al ciclo solar de Schwabe (11 años), desconociendo las habilidades de los antiguos egipcios, dotados de gran conocimiento y habilidad astronómica, para detectar esa oscilación climática.
El comportamiento del entorno físico y biológico siempre fue objeto de atención por las poblaciones vinculadas al aprovechamiento de los recursos naturales, de cuya gestión o aprovisionamiento dependía la vida.
La tradición oral, se ha mantenido a lo largo de la historia, pese a la existencia de la escritura. Muchas de las personas del mundo rural han sido iletradas durante la mayor parte de la historia. Las observaciones se convirtieron en proverbios, dichos, o refranes cuyo compendio recibe el nombre de Refranero popular (DÍEZ PASCUAL, 2004). La lista, es interminable
– Hasta el cuarenta de mayo, no te quites el sayo.
– La luna de octubre, siete lunas cubre; y si llueve, serán nueve.
– Febrerillo el loco.
– En abril, aguas mil.
– Cuando marzo mayea, mayo marcea.
– Por san Blas, la cigüeña verás, y si no la vieres, año de nieves.
– Cielo empedrado, suelo mojado.
– Cuando el cuervo vuela bajo, hace frío del carajo.
– Marzo ventoso y abril lluvioso hacen a mayo florido y hermoso.
– Agua por San Juan, quita aceite, vino y pan.
– San Isidro Labrador, quita el frío y pone el sol.
– Luna que amarillea, agua otea.
– Septiembre o seca las fuentes o se lleva los puentes.
– Tarde de arcos, mañana de charcos.
– Mañanita de niebla, tarde de paseo.
– Cerco de luna, lluvia segura, cerco de sol, moja al pastor.
– Cielo empedrado, suelo mojado.
– En febrero, un día de sol y otro de brasero.
– El invierno no ha pasado, hasta que abril haya acabado.
– En septiembre a fin de mes, vuelve el calor otra vez.
– En los meses de erres, en piedras no te sientes.
Todo ello rompe el discurso actual de excepcionalidad sobre los eventos extremos o la irregularidad meteorológica en el Mediterráneo, mostrando que su fenomenología es ancestral y está grabada en la memoria colectiva de los pueblos. Cualquier opinión en su contra, carece del soporte temporal que encierran cada una de esas expresiones, por mucho apoyo tecnológico que se argumente en la era que nos encontramos y por muy sofisticados que sean los modelos elaborados con las herramientas informáticas más potentes, frente a la carencia de los mismos por la gente iletrada del mundo rural.
Sin ir más lejos, los experimentos de Svante Arrhenius (1896) y Guy Callendar (1923) con respecto al CO2, son mucho más bisoños además de estar contrariados por la dinámica oscilatoria de la relación temperatura-dióxido de carbono a lo largo incluso del antrópico siglo XX (GONZÁLEZ-HIDALGO, 2023).
«La Ciencia del clima se ha convertido en pseudociencia» (CURRY, 2025). Y como afirmaron en 2023 más de 1500 científicos y profesionales en una Declaración Mundial sobre el Clima, la ciencia climática debería ser menos política, y por el contrario, las políticas climáticas deberían ser más científicas. Por todo esto puede decirse que quién habla de cambio climático, no tiene idea de lo que es clima y ni siquiera, cambio.
Referencias:
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